El Mensajero




Llegó entonces Tuor a las ruinas de un camino perdido, y pasó entre montículos verdes y piedras caídas, y de ese modo y cuando menguaba el día llegó al viejo recinto y los patios altos y barridos por el viento. Ninguna sombra de temor o mal acechaba en estos sitios, pero lo ganó un miedo reverente al pensar en los que habían vivido allí y ahora habían partido nadie sabía a dónde: el pueblo inmortal pero condenado, venido desde mucho más allá del Mar. Y se volvió y miró, como los ojos de ellos habían mirado a menudo, el resplandor de las aguas agitadas que se perdían a lo lejos. Entonces se volvió otra vez y vio que los cisnes se habían posado en la terraza más alta, y se detuvo ante la puerta occidental del recinto; y ellos batieron las alas y le pareció que le hacían señas de que entrase.

Entonces Tuor subió por las escaleras ahora medio ocultas entre la hierba y la colleja y pasó bajo el poderoso dintel y penetró en las sombras de la casa de Turgon; y llegó por fin a una sala de altas columnas. Si grande había parecido desde fuera, ahora vasta y magnífica le pareció desde dentro, y por respetuoso temor no quiso despertar los ecos de su vacío. Nada podía ver allí salvo en el extremo oriental, un alto asiento sobre un estrado, y tan quedamente como pudo se acercó a él; pero e1 sonido de sus pies resonaba sobre el suelo pavimentado como los pasos del destino, y los ecos corrían delante de él por los pasillos de columnas.


Al llegar delante de la gran silla en la penumbra y ver que estaba tallada en una única piedra y cubierta de signos extraños, el sol poniente llegó al nivel de una alta ventana bajo el gaviete occidental y un haz de luz dio sobre el muro que tenía enfrente y resplandeció como sobre metal pulido. Entonces Tuor, maravillado, vio que en el muro detrás del trono colgaban un escudo y una magnífica cota y un yelmo y una larga espada envainada. La cota resplandecía como labrada en plata sin mácula, y el rayo de sol la doraba con chispas de oro. Pero el escudo le pareció extraño a Tuor, pues era largo y ahusado; y su campo era azul y el emblema grabado en el centro era el ala blanca de un cisne. Entonces Tuor habló, y su voz resonó como un desafío en la techumbre: —Por esta señal tomaré estas armas para mí y sobre mí cargaré el destino que deparen. —Y levantó el escudo y lo encontró más liviano y fácil de manejar de lo que había supuesto; porque parecía que estaba hecho de madera, pero con suma habilidad los Elfos herreros lo habían cubierto de láminas de metal, fuertes y sin embargo delgadas como hojuelas, por lo que se había preservado a pesar del desgaste y el tiempo.

Entonces Tuor se puso la cota y se cubrió la cabeza con el yelmo y se ciñó la espada; negros eran la vaina y el Cinturón con hebilla de plata. Así armado salió del recinto de Turgon y se mantuvo erguido en las altas terrazas de Taras a la luz roja del sol. Nadie había allí que lo viera mientras miraba hacia el oeste, resplandeciente de plata y de oro, y no sabía él que en aquel momento lucía como uno de los Poderosos del Oeste, capaz de ser el padre de los reyes de los Reyes de los Hombres más allá del Mar; y ése era en verdad su destino; pero al tomar las armas un cambio había ocurrido en Tuor, hijo de Huor, y el corazón le creció dentro del pecho. Y cuando salió por las puertas los cisnes le rindieron homenaje, y arrancándose cada uno una pluma del ala se la ofrecieron tendiendo los largos cuellos sobre la piedra ante los pies de Tuor; y él tomó las siete plumas y las puso en la cresta del yelmo, y en seguida los cisnes levantaron vuelo y se alejaron hacia el norte a la luz del sol poniente, y Tuor ya no los vio mas.

Tuor sintió entonces que sus pies lo llevaban a la playa y descendió las largas escaleras hasta una amplia costa, en el lado septentrional de Tarasness; y vio que el sol se hundía en una gran nube negra que asomaba sobre el mar oscurecido: y el aire se enfrió y hubo una agitación y un murmullo como de una tormenta que acecha. Y Tuor estaba en la costa y el sol parecía un incendio humeante tras la amenaza del cielo; y le pareció que una gran ola se alzaba en la lejanía y avanzaba hacia tierra, pero el asombro lo retuvo y permaneció allí inmóvil. Y la ola avanzó hacia él y había sobre ella algo semejante a una neblina de sombra. Entonces, de pronto, se encrespó y se quebró y se precipitó hacia adelante en largos brazos de espuma; pero allí donde se había roto se erguía oscura sobre la tormenta una forma viviente de gran altura y majestad.

Entonces Tuor se inclinó reverente, porque le pareció que contemplaba a un rey poderoso. Llevaba una gran corona que parecía de plata y de la que le caían los largos cabellos como una espuma que brillaba pálida en el crepúsculo; y al echar atrás el manto gris que lo cubría como una bruma, ¡oh, maravilla!, estaba vestido con una cota refulgente que se le ajustaba como la piel de un pez poderoso y con una túnica de color verde profundo que resplandecía y titilaba como los fuegos marinos mientras él se adelantaba con paso lento. De esta manera el Habitante de las Profundidades, a quien los Noldor llaman Ulmo, Señor de las Aguas, se manifestó ante Tuor, hijo de Huor, de la casa de Hador bajo Vinyarnar.

No puso pie en la costa, y hundido hasta las rodillas en el mar sombrío, le habló a Tuor, y por la luz de sus ojos y el sonido de su voz profunda, el miedo ganó a Tuor, que se arrojó de bruces sobre la arena.

—Levántate, Tuor, hijo de Huor! —dijo Ulmo—. No temas mi cólera, aunque mucho tiempo te llamé sin que me escucharas; y habiéndote puesto por fin en camino, te retrasaste en el viaje hacia aquí. Tenías que haber llegado en primavera; pero ahora un fiero invierno vendrá pronto desde las tierras del Enemigo. Tienes que aprender de prisa, y el camino placentero que tenía designado para ti ha de cambiarse. Porque mis consejos han sido despreciados, y un gran mal se arrastra por el Valle de Sirion y ya una hueste de enemigos se ha interpuesto entre tú y tu meta.
—¿Cuál es mi meta, Señor? —preguntó Tuor.
—La que mi corazón ha acariciado siempre —respondió Ulmo—: encontrar a Turgon y cuidar de la ciudad escondida. Porque te has ataviado de ese modo para ser mi mensajero, con las armas que desde hace mucho tenía dispuestas para ti. Pero ahora has de atravesar el peligro sin que nadie te vea.
Envuélvete por tanto en esta capa y no te la quites hasta que hayas llegado al final del viaje.
Entonces le pareció a Tuor que Ulmo partía su manto gris y le arrojaba un trozo como una capa que al caer sobre él lo cubrió por completo desde la cabeza a los pies.
—De ese modo andarás bajo mi sombra —dijo Ulmo—. Pero no te demores; porque la sombra no resistirá en las tierras de Anar y en los fuegos de Melkor. ¿Llevarás mi recado?
—Lo haré, Señor —dijo Tuor.
—Entonces pondré palabras en tu boca que dirás a Turgon —dijo Ulmo—. Pero primero he de enseñarte, y oirás algunas cosas que no ha oído nunca Hombre alguno, no, ni siquiera los poderosos de entre los Eldar. —Y Ulmo le habló a Tuor de Valinor y de su oscurecimiento, y del Exilio de los Noldor y la Maldición de Mandos y del ocultamiento del Reino Bendecido.
— Pero ten en cuenta —le dijo— que en la armadura del Hado (como los Hijos de la Tierra lo llaman) hay siempre una hendidura y en los muros del Destino una brecha hasta la plena consumación que vosotros llamáis el Fin. Así será mientras yo persista, una voz secreta que contradice y una luz en el sitio en que se decretó la oscuridad. Por tanto, aunque en los días de esta oscuridad parezca oponerme a la voluntad de mis hermanos, los Señores del Occidente, ésa es la parte que me cabe entre ellos y para la que fui designado antes de la hechura del Mundo. Pero el Destino es fuerte y la sombra del Enemigo se alarga; y yo estoy disminuido; en la Tierra Media soy apenas un secreto susurro. Las aguas que manan hacia el oeste menguan cada día, y las fuentes están envenenadas, y mi poder se retira de las aguas de la tierra; porque los Elfos y los Hombres ya no me ven ni me oyen por causa del poder de Melkor. Y ahora la Maldición de Mandos se precipita hacia su consumación, y todas las obras de los Noldor perecerán, y todas las esperanzas que abrigaron se desmoronarán. Sólo queda la última esperanza, la esperanza que no han previsto ni preparado. Y esa esperanza radica en ti; porque así yo lo he decidido.

—¿Entonces Turgon no se opondrá a Morgoth como todos los Eldar lo esperan todavía? — preguntó Tuor—. ¿Y qué queréis vos de mí, Señor, si llego ahora ante Turgon? Porque aunque estoy en verdad dispuesto a hacer como mi padre, y apoyar a ese rey en su necesidad, no obstante de poco serviré, un mero hombre mortal, entre tantos y tan valientes miembros del Alto Pueblo del Oeste. 
—Si decidí enviarte, Tuor, hijo de Huor, no creas que tu espada es indigna de la misión. Porque los Elfos recordarán siempre el valor de los Edain, mientras las edades se prolonguen, maravillados de que prodigaran tanta vida, aunque poco tienen de ella en la tierra. Pero no te envío sólo por tu valor, sino para llevar al mundo una esperanza que tú ahora no alcanzas a ver, y una luz que horadará la oscuridad.


De Tuor y su llegada a Gondolin
Cuentos Inconclusos de Númenor y la Tierra Media
J.R.R. Tolkien

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Labrado en la piedra por Durin Bombadil